Tenía los ojos color avellana. Yo tenía poco más de treinta años y, en mi tierra, los ojos azules eran poco comunes y los color avellana, casi desconocidos. Había salido a menudo de mi mundo de ojos oscuros y conocido a bastantes personas de ojos azules, pero nunca había visto ojos color avellana, ese tono dorado, verde oliva y marrón que cambia con la luz. La miré fijamente. Me pregunté, ¿Les pasa algo? Eran hipnóticos, imposibles de ignorar, imposibles de apartar la mirada de ellos. A veces, su cortina de espesa melena negra caía hacia delante y esos ojos color avellana resultaban aún más fascinantes; en ocasiones, cuando se subía la bufanda distraídamente hasta cubrirse la nariz y la boca y me miraba, lo único visible eran esos ojos color avellana. Examiné cada iris, consciente de mi descortesía y falta de respeto, pero fui incapaz de remediarlo. No creo que le importara, porque siguió visitándome casi todos los días.
Acababa de terminar la universidad, dijo, y su padre, un político iraní de alto rango, le había concedido un año de viaje antes de que sentara cabeza. Había elegido la India y Nepal porque sus civilizaciones eran tan antiguas como la suya. En aquel momento, lo único que yo conocía de Irán era la película de Hollywood Not Without My Daughter (No sin mi hija), protagonizada por Sally Field, que no había hecho más que alimentar mis considerables prejuicios contra el mundo islámico y reforzar mi convicción de que el ayatolá Jomeini era un hombre malvado.
Quizá ella sentía tanta curiosidad por mis orígenes exóticos como yo por sus ojos color avellana. Nunca había conocido a un nativo del Himalaya, mitad tibetano y mitad butanés, pero, a diferencia de otros visitantes interesados en recibir enseñanzas budistas, no me hizo ni una sola pregunta sobre el budismo. Ahora que lo pienso, no me preguntó nada en absoluto, aunque parecía absorber cada palabra de las conversaciones filosóficas que yo mantenía con otros. Recuerdo aún el intenso aroma del perfume que llevaba, que flotaba en el aire mucho después de que ella saliera de la habitación. Pregunté a mis amigos persas y me dijeron que era una fragancia exquisita y costosa llamada Oud, que las mujeres persas adineradas llevan desde hace siglos.
Empecé a esperar sus visitas con anhelo. Si llegaba tarde, me ponía inquieto. Lo que sentía era algo más que fascinación por unos ojos color avellana, aunque me resistía a reconocerlo, ni siquiera ante mí mismo. Su ascendencia persa no hacía sino aumentar su encanto.
El día que se marchó a Irán, nos encontramos en una cafetería para despedirnos. Escribió su dirección a toda prisa en una servilleta de papel y me la entregó sin más. «Mantente en contacto», dijo, y salió sin mirar atrás. En aquella época, mantenerse en contacto significaba tener la dirección postal y el número de teléfono fijo de alguien. A las generaciones Z y alfa les resultará difícil imaginarlo.
El 31 de agosto de 1996, cuando el avión procedente de Kuwait inició su descenso hacia el Aeropuerto Internacional Imán Jomeini de Teherán, vi nieve en las cimas de los montes Alborz. Me sorprendió. Sabía que los veranos son calurosos y secos —en lo que entonces se llamaba Oriente Medio y que desde entonces he aprendido a llamar Asia Occidental. No esperaba encontrar nieve. En inmigración me retuvieron mucho más tiempo que a nadie, porque ningún funcionario había oído hablar de Bután. ¿Sería yo el primer turista butanés en pisar Teherán?
Estaba ilusionado con este viaje a un país desconocido en el que no tenía nada concreto que hacer. Poco había en ese país que me interesara espiritualmente, salvo las vagas alusiones de mis maestros tibetanos a una visita que, según se decía, realizó Gesar, el rey de Ling, cuando Irán formaba aún parte de la antigua Persia. Mi deseo de conocer Irán había nacido a principios de ese mismo año, en Londres, donde se suponía que estudiaba inglés. En realidad, iba de cine en cine por el West End y el South Bank, sumergiéndome en todos los estilos cinematográficos que encontraba. Fue por entonces cuando descubrí la mágica Gabbeh, de Mohsen Makhmalbaf.
En una carpa improvisada, con las hermosas praderas de Irán como telón de fondo, un anciano levanta la mano derecha hacia el cielo. —¿De qué color es esto? —pregunta a sus alumnos, que lo miran atentos y entusiasmados. —¡Azul! —responden.
Al bajar la mano, vemos que es del mismo color que el cielo: azul persa. Ese tono no me ha abandonado desde entonces. Busqué más películas iraníes y descubrí El sabor de las cerezas, de Abbas Kiarostami, y Los niños del cielo, de Majid Majidi, ambas auténticas joyas. En aquel momento no se me ocurrió pensar que un país capaz de producir un cine tan sencillo pero profundo tenía que poseer una cultura de gran sofisticación.
A la salida del aeropuerto, la carretera bullía de coches, pero ninguno era un taxi oficial. Los conductores me rodearon y empezaron a pugnar por llevarme —gente corriente que intentaba ganarse la vida, según me habían dicho mis amigos persas. Al azar, elegí a un hombre corpulento de mediana edad que conducía un Volga color crema. Los iraníes son un pueblo elocuente al que le encanta hablar como a los indios. A mí no me molestó en absoluto. Mi conductor me fue contando la historia de su ciudad mientras yo lo escuchaba con gusto, y en algún momento de la conversación comprendí que tenía un doctorado, aunque no recuerdo en qué materia.
Tras Kuwait, con sus gigantescas mansiones de mármol, sus modernos rascacielos y sus hoteles de lujo —imagen perfecta de una sociedad de nuevos ricos—, Irán no podía ser más diferente. Se parecía más a la India que a los estados árabes y, si acaso, menos desarrollado aún. De camino al hotel, mi conductor me persuadió de que nos detuviéramos a tomar algo. El menú del restaurante fue toda una revelación: donde quiera que miraba veía platos muy familiares que creía típicamente indios, entre ellos enormes naan y muy generosos kebabs. No, no, me dijo mi conductor: fue la India quien importó todos esos platos de Irán. El camarero trajo el té con un terrón de azúcar en piedra.
—Póngase el azúcar en la boca —me explicó— y déjelo reposar en la lengua mientras saborea el té.
Cuando el locuaz y barrigudo conductor me dejó en el hotel, ya le había tomado bastante cariño. Al pagarle, se ofreció a llevarme a hacer turismo y lo contraté para el resto de mi estancia. Me llevó a todas las principales atracciones, incluidas las ruinas de Persépolis, construida, según él, por Darío el Grande en tiempos del Buda. La historia universal no había formado parte del plan de estudios del Sakya College, y descubrir el poder y los logros de la antigua Persia me dejó asombrado.
Crédito de imagen: irandoostan.com/shah-mosque-isfahan
El mayor atractivo de Teherán, para mí, era su magnífico bazar, el Bazar-e Bozorg-e. El edificio era espléndido y sus tiendas, bellamente dispuestas, desbordaban colores y aromas: especias, alimentos, perfumes, incienso. Mis amigos tibetanos me habían dicho que la turquesa de mejor calidad procede de Irán —la corona del Buda Jowo, se dice, lleva incrustada turquesa iraní— y que su azafrán es insuperable. Gracias a Gabbeh, acabé también en una tienda de alfombras. Mientras curioseaba, el vendedor reparó en que mis ojos volvían una y otra vez a una alfombra en particular y se lanzó a negociar. Admití con cierta vergüenza que se me estaba acabando el dinero en efectivo. La alfombra tenía un precio muy razonable, le dije, pero no llevaba suficiente dinero encima.
—Señor, debería habérmelo dicho antes. No hay ningún problema. Ninguno. Le envío la alfombra a su casa y me paga cuando pueda —respondió él, encantado de resolver el problema.
Mi mente escéptica felicitó al astuto comerciante persa por su excelente estrategia de venta. Aun así, compré la alfombra, aunque me empeñé en dejar un anticipo antes de salir.
—No es necesario, querido señor, se lo aseguro —insistió.
Pero me mantuve firme y le prometí el resto a mi regreso a la India. Dos meses después, la alfombra llegó a mi puerta.
Lo más fascinante de Teherán eran las librerías. La mayoría de los volúmenes estaban en farsi, urdu y otras lenguas, pero casi siempre había una pequeña sección en inglés escondida en algún rincón del fondo. En lugar de libros, sin embargo, encontré montones de fotocopias. No supe bien por qué; quizá los originales estaban prohibidos o resultaban demasiado caros de importar. Esas fotocopias me intrigaron, y cuando di con un ejemplar de Snow Country (País de nieve) traducido al inglés, me conmovió profundamente el empeño de ese librero iraní por hacer llegar a sus lectores uno de mis libros favoritos.
Le pedí a mi conductor que me llevara a Isfahán, a cinco horas en coche al sur de Teherán. Habló durante todo el trayecto, callando solo cuando me quedaba dormido. Todo lo que decía me interesaba.
—Los estadounidenses son muy listos —dijo en algún momento del trayecto—. Cuando los árabes tienen el estómago lleno, no pueden pensar. Cuando los persas tienen el estómago vacío, tampoco. Los estadounidenses se aseguran de que los árabes tengan siempre mucho que comer y de que los persas estén siempre hambrientos. Sí, son muy listos.
¿Me reuní con mi chica de ojos color avellana? No, no lo hice. Después de la despedida en la cafetería aquel sofocante día, le envié una postal. No me respondió. En Irán conocí a muchas chicas y chicos de ojos color avellana y, cada vez, su imagen se me venía a la mente.
Hay tres países en esta vida que me han cambiado por completo mis prejuicios, e Irán es uno de ellos. Cada vez que alguien habla del régimen iraní y de cómo maltrata a su propio pueblo, mi mente de géminis no puede evitar recordar las atrocidades perpetradas por los estadounidenses, los británicos y sus aliados. ¿Cómo responderían las naciones anglófonas si las invadiera una potencia más poderosa y codiciosa? ¿Cómo reaccionarían si esa potencia las despojara de sus recursos naturales o les impusiera sanciones draconianas? ¿Seguirían tan ufanas hablando de Estado de derecho y derechos humanos si fueran ellas las perseguidas y oprimidas?
Hoy me pregunto: ¿seguirá en pie la mezquita del Jeque Lotfollah? ¿Habrá escapado el Gran Bazar de las bombas? ¿Y qué habrá sido de la chica de ojos color avellana?
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